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ZOOM A LA OBRA

Apología de la lentitud

¿Qué es el tiempo?

Dalí ya nos planteaba la pregunta cuando, en 1931, pintó su famoso cuadro La persistencia de la memoria. La persistance de la mémoire

Este óleo sobre lienzo es modesto por su tamaño pero poderoso por su factura. Nos presenta un paisaje desértico e inhóspito, liso, inmóvil, sin vida, sin alma. El cielo está bajo, la tierra sombría. La naturaleza está ausente y rápidamente nos sentimos aplastados, oprimidos en ese espacio onírico, materialización del mundo interior de Dalí. Incluso la disposición de la luz, de las sombras, carece de coherencia... Los toques luminosos están repartidos por el lienzo. Repartidos, cierto, pero no al azar. 

El artista guía nuestra mirada. Como en los sueños y conforme al espíritu de los surrealistas, la imagen está sembrada de pistas. Nos corresponde a nosotros, espectadores, descifrar el mensaje.

El lienzo juega con los contrastes, las contradicciones. Está dividido en tres partes y nos cuenta una historia, de izquierda a derecha. Es menester pues apreciar su lectura.

A la izquierda: relojes de bolsillo, representaciones físicas del tiempo, y un árbol muerto. Uno de los relojes está siendo mordisqueado por hormigas, en otro descansa una mosca. Dalí usa aquí los códigos de la vanidad para evocar el paso del tiempo que devora todo a su paso.

A la derecha, en la mayor parte del cuadro: vamos más despacio.

La transición es nítida en el reloj “con mosca": por un lado, rígido, por el otro, líquido.

Los relojes fluyen, se estiran, incluso en el rostro del soñador, que se halla en el primer plano del cuadro. Un rostro ambiguo. A veces ansioso, a veces apaciguado. Estamos aquí dentro su cabeza y representa bien toda la dualidad de nuestra relación con el tiempo: furtiva o elástica.

¿Y si Dalí ya tuviese una inclinación? Después de todo, las líneas de fuga del cuadro nos llevan hacia ese paisaje, luminoso, apacible, en la esquina superior derecha de la composición. Una forma quizás de invitarnos a cuestionar nuestra percepción.

En la vida, como en este cuadro, tenemos dos modos posibles de considerar el tiempo, de aprovecharlo, de apropiárnoslo. Nuestra vida cotidiana y nuestras obligaciones nos empujan a menudo a ver la vida según ese lado izquierdo del cuadro. Corriendo tras el paso del tiempo, tratando de aferrarnos a él, en vano.

Pero hay situaciones que nos obligan a desconectar. ¿Qué hacer entonces con todo ese tiempo puesto a nuestra disposición? Nos aburrimos, nos ponemos ansiosos. Y luego lo aceptamos, lo domesticamos, nos domesticamos a nosotros mismos. 

Hoy, confinados, tenemos tiempo. Convirtámonos en su aliado para emplearlo de la mejor manera posible, aprovechar y, por qué no, incluso aburrirnos. 

Impotentes ante una situación que nos supera, ¿no sería finalmente como una oportunidad, para encontrarnos a nosotros mismos? ¿Y si aprovechásemos esta oportunidad? 

Lisa Deparis
Comisaria de exposición

Los límites del arte

4 abril 2020

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